en el filo del olvido, donde el acero besó la piel,
desperté sin nombre, con un vacío que olía a rosas marchitas y hiel.
el espejo me mintió con ojos de oro y manos de seda fingida,
y una familia de mármol que me llamó “hija” con voz de moneda endurecida.
ellos sabían la verdad que ocultaban con silencio profundo,
sabían el nombre que llevaba antes del trueno y del mundo.
el barrio de sombras donde nací sin corona ni luz,
pero el apellido nuevo pesaba más que cualquier verdad o cruz.
mas dentro de mí rugía un fuego sin memoria ni calma,
la ira no preguntaba quién fui; simplemente ardía en llama.
no había cadena de oro que domara mi tormenta salvaje,
intentaron con joyas, con amenazas envueltas en terciopelo y ultraje.
con sonrisas frías que olían a billetes y a miedo helado,
hasta que al fin comprendieron que yo no era joya, sino lobo disfrazado.
un vaso roto, un grito, y los candelabros caían al suelo,
un puño cerrado, y las paredes de mármol temblaban como hojas en duelo.
yo no era tesoro, era grieta profunda y oscura,
el lobo en piel de cordero que ellos mismos invitaron a su mesa pura.
ahora soy eco lejano de un trueno que el tiempo extinguió,
fragmentos de cristal flotando en aguas negras y mudas, sin calor ni voz.
recuerdo el sabor metálico del vacío que todo lo invade,
el peso helado de un cuerpo que nunca fue mío, solo una sombra que fade.
cuando el mundo se partió en silencio absoluto y cruel,
antes y después del gran olvido que dejó todo en hielo y hiel.
no había cadena de oro que domara mi tormenta salvaje,
intentaron con joyas, con amenazas envueltas en terciopelo y ultraje.
con sonrisas frías que olían a billetes y a miedo helado,
hasta que al fin comprendieron que yo no era joya, sino lobo disfrazado.
recuerdo manos frías que me vistieron de hija ajena y prestada,
sonrisas que olían a contratos y a una distancia infinita y helada.
y cómo mi furia —esa bestia pálida, silenciosa y sin fin—
rompió cristales que valían más que mi propia sombra y mi destino ruin.
memorias de un alma rota que el frío no deja sanar,
y sin embargo…
la libertad sigue siendo un sueño lejano que se desvanece en la distancia blanca,
como el último aliento de alguien que ya casi no recuerda cómo se siente ser libre en esta nada.